La determinación con la que Musk se marca objetivos imposibles lo ha convertido en una deidad en Silicon Valley.

Los directores generales como Page hablan de él con un respeto reverencial y los emprendedores en ciernes aspiran a ser como “Elon” el mismo entusiasmo con el que en el pasado se esforzaban en imitar a Steve Jobs.

Sin embargo, en Silicon Valley se tiene una visión distorsionada de la realidad, y fuera de los confines de aquella fantasía compartida, la figura de Musk suele despertar opiniones mucho más dispares.

Es el tipo de los automóviles eléctricos, los paneles solares y los cohetes espaciales que vende falsas esperanzas. Nada que ver con Steve Jobs. Musk es una versión futurista del empresario circense P. T. Barnum, un señor que se hizo multimillonario aprovechándose de nuestros miedos y sentimientos de culpa.

Comprémonos un Tesla y olvidémonos un rato del daño que causamos al planeta.

Esa fue también mi opinión durante mucho tiempo. Musk me parecía un soñador bienintencionado, un miembro del club tecnoutópico de Silicon Valley, en el que los devotos de las teorías de Ayn Rand y los absolutistas tecnológicos consideran que sus ideas hiperlógicas son la Respuesta para todo el mundo.

Bastaría con que nos apartáramos de su camino para que solucionaran todos nuestros problemas.

Dentro de poco podremos descargar la información de nuestros cerebros a un ordenador, relajarnos y dejar que los algoritmos se ocupen de todo.

Muchas de sus ambiciones resultan inspiradoras; muchas de sus obras,valiosas.

Ashlee Vance.

Ser empresario es gratificante y tiene además muchas recompensas en finanzas, auto estima, realización personal… Por eso tantos escogemos ese camino.

Pero la gente olvida que no se trata simplemente de tener una visión, crear algo, y luego hacerlo crecer con mucha suerte y algo de inteligencia. ¡Nada más lejos de la verdad!

Los estudios indican que el 50% de todos los nuevos negocios, sucumben antes de un año.

Desde el puesto de perros calientes y la venta de perfumes desde casa, hasta grandes emprendimientos y proyectos multimillonarios. Todos están sujetos a probabilidades similares. ¡Cincuenta y cincuenta!.

Para aprender a ser empresario, se necesitan muchos años analizando y condesando las experiencias de los éxitos, pero sobre todo, de los fracasos. Cuando uno está muy bien, no aprende. Y no aprende porque cree que está haciendo todo bien (aunque no sea cierto). Pero cuando fracasa ¡estudia
hasta el último detalle!.

Mauricio Chaves Mesen.

“El arte de empezar” es un título muy bien elegido, como expresión tanto del contenido general de la obra como del espíritu y actitud que la ha inspirado.

Es un libro para leer, releer, señalar y anotar. Hay una presencia permanente de ejemplos, muchas veces derivados de la propia experiencia del autor, y por lo tanto más creíbles si cabe, que hacen muy fácil y comprensible su lectura.

Introduce, por otro lado, al final de cada capítulo temático una lista muy práctica de las preguntas más comunes sobre los mismos con su correspondiente respuesta.

Un texto pues, escrito desde las vivencias. “Guy Kawasaki” describe al emprendedor, término que incluye lo que tradicionalmente se entiende por empresarios, pero también alude a los emprendedores dentro de grandes organizaciones, emprendedores en fundaciones e instituciones sin ánimo de lucro y otro tipo de emprendedores sociales o culturales.

Diría también con rotundidad que es un libro perfectamente válido para el directivo que debe ser capaz de sacar el máximo provecho de colaboradores aptos para emprender un nuevo producto o servicio.

Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho anteriormente, si tuviera la difícil tarea de elegir un capítulo, sería “El arte de ser una buena persona”. Probablemente el menos complejo pero el más difícil de poner en práctica.

“la sociedad se fundamenta en 3 pilares: ayudar a mucha gente, hacer lo correcto y corresponder a la sociedad: son conceptos sencillos pero difíciles de llevar a cabo” indica en otro momento el autor.

En definitiva, los emprendedores tenemos, como líderes y referentes de muchas personas, la apasionante tarea de difundir a través de nuestras actuaciones el mensaje, que se expresa de una manera sencilla y certera en este capítulo del libro.
No me cabe más que decir, ¡Manos a la obra!

Carlos López-Ibor Mayor